Encenderte un pitillo y quemarlo rabiosamente, calada a calada, haciendo que desaparezca entre tu boca y llenando el cuarto de una nube espesa y amarga, difícil de respirar. Sacar tu droga favorita, y como un rito inducido, prepararla para tu inminente exploración de los abismos de tu mente...
Y hacerlo, sin prisa, degustandola en cada tono, color y dulce colocón que te transmite y te transporta.
Beber de tus pensamientos mas alejados, dejar de lado la moralidad y surcar cada espacio inherente de tu propia comprensión, que de otra forma nunca lo abrazarías.
Escuchar esa potente y melódica mezcla de sonidos e imágenes, que como una vorágine, explota y mezcla la música, las drogas y tu soledad existencial de una forma agradable.
A solas con el mundo...
Es tal el eufemismo de la vida que parece un chiste malo, que contado una y otra vez, se hace un absurdo perpetuo en el que uno decide vivir o sobrevivir, sin miramientos, sin control ni condiciones, que el abstracto de todo te hace olvidarlo.
Abres los ojos, te relajas y ventilas tu habitación, en la que humo e ideas han follado cada rincón, hasta dejar una huella quasi perpetua.