Te lo robé, y no me siento orgulloso
de haberlo hecho, pero fué así.
Hacía frío, y el alcohol hablaba más
que las ideas, y la soledad no me perdonó esa noche. Sinceramente,
no lo planeé ni preparé. Ni siquiera lo pensé. Pero alli estabas
tu, con tu imperturbable sonrisa y tus ideas dúlcemente
contradictorias.
Y tus labios, tiernos, carnosos,
tíbios, húmedos e hipnotizantes. Perdóname, nunca quise robarte
esos besos, pero la necesidad de sentirme bien conmigo mismo, y de
poder estar tranquilo me pudo.
Se que no querías, que de haber sido
diferente el momento, nunca hubiese pasado.
Gracias, de verdad.
Me dejaste robarte un pozo de sosiego
para mi atormentada cabeza, y por fin, después de tanto tiempo,
respiré, hondo, largo y lento, como hacía mucho que necesitaba.
Te los robé, y volvería a hacerlo.