miércoles, 16 de enero de 2013

En días cansados.

Se me había juntado la noche con el día, y tenía que trabajar.

Y se me había olvidado que ese día iba a ser largo. Después de molerme, me tenía que duchar y coger un tren, en el cual no podía fumar, y se me mezclaba la impaciencia con los nervios.

Mataba el tiempo contándole el cuento a una niña, de las diferentes formas en las que la haría gemir. Puro desdén.


Va disminuyendo la velocidad y llego a la última parada. Me pongo las gafas de sol y subo tranquilamente las escaleras hasta el andén. Pico mi billete y salgo casi corriendo a fumarme un cigarro.

La veo de refilón, y no estaba nada mal.

En la entrada, me enciendo desesperádamente el tabaco y vuelvo a respirar. Se acerca a mi, está cabreada.
Me tiembla el alma, y solo se me ocurre lo que llevaba planeando en cuanto pisé aquella locomotora.

Le robo un beso, rápido pero apasionado.

Repito. Me dejo llevar. Su perfume acaramelado de vainilla y un toque de canela me entusiasma. Su color carmín me impregna los labios y sus ojos se cierran entre mordisco y mordisco. Me rugían las tripas.

Corto rápido, y con la cartera poco dispuesta a cooperar, me pido extra de cafeína en el bar de la estación. Para no ser más zombie que persona.

La invito a una cerveza que paladea lentamente mientras me mira y sonríe, con los labios medio borrados por culpa mía.

Terminamos cada uno lo nuestro, salimos y la morreo. Joder que si lo hice. Me estaba bebiendo su ser. En un banco dí con mi fofo culo y seguí disfrutando de las vistas. Ese escote era arrebatador.

Todo fue haciéndose más y más acalorado, hasta el punto de que quería follarmela en mitad de aquel pueblo, y me daba igual el resto. Pero no pudo ser.

Tocaba despedirse de la mujer que me estaba haciendo hervir la sangre, montarse en el tren y recordar que después de trabajar, ser un cabrón era muy cansado.

martes, 15 de enero de 2013

Luna Nueva


Y una vez más me toca sentarme a mirar la luna solo. Putamente solo.

Me vienen a la cabeza imágenes, recuerdos,  palabras, que me erizan el vello más allá de lo común.

Y la gran bola plateada sigue ahí, inamovible, recordándome el lento paso del tiempo, haciendo tic tac en un contrarreloj infinito, mientras las flores nacen y se marchitan continuamente.

La boca me sabe a cenicero, y por las mejillas me corren líneas aguadas saladamente amargas.

Me persigue mi maldición.

 Esa que impide que olvide esas caras, que me atormentan de día y de noche, como una tortura inmerecida, mientras las madrugadas se me hacen eternas y los amaneceres conocidos.

Pisando con los pies el suelo manteniendo la cabeza en ingravidez fluctuante, evadiendo cosmos amatorios para no tener una nueva cara que se me aparezca en sueños.

Ese vacío que te queda después de despertar y recordar quien eres, me flagela sin piedad, una y otra vez, hasta que un día me derrumben y deje todo manchado.

Y no sé si será de recuerdos o de sangre.