viernes, 13 de diciembre de 2013

El café de las siete y tres.



"He perdido la cuenta de todas las veces que termino escuchando música mientras amanece. Y sé que lo hace por que miro el reloj una y otra vez, viendo como cada segundo camina sobre la esfera, y mi cama sigue sin querer arroparme.


Será culpa de mi insomnio y mi síndrome de estocolmo, que se aferran como salvajes amantes el uno al otro, dejándome fuera de su affair, donde solo suenan tristes melodías sobre hombres perdidos en un espejo, incapaces de reconocerse en el. O como llamas de mecheros que apaga la ligera brisa de un invierno cruel e implacable, devorando todo el calor que desprenden los ahogados orgasmos.


Una noche más, un día menos.


Desvaneciéndose.


Sin darme cuartel.


Un piano es el que me acompaña hoy, melancólico, herido de muerte, contando la historia de un amor de llantos y abrazos, de buenos momentos y malos ratos; de dos micro vidas resumidas.


Farfulla mi cafetera, como el monólogo de una vieja conversación, mientras se impregna de olores a pan tostado, mantequilla, mermelada y café toda mi casa."




domingo, 8 de diciembre de 2013

Caminos

Me sorprende la facilidad y la fragilidad que una vida puede tener.

Entrar cinco minutos antes en una cafetería, andar más rápido o más lento, fijarte con quien te cruzas en mitad de la calle, y un infinito más de posibilidades que hacen de la vida un azar controlado por esos pequeños detalles cotidianos.

Por pensar me ha dado, y es que la diferencia de vidas que podría haber tenido, me asusta. Y no por no saber qué ha pasado en ellas, sino por la imposibilidad de vivirlas todas. Decidir es algo tan fácil y tan automático que no le damos si quiera peso en nuestra vida.


Aún me acuerdo de alguna de ellas, con las que seguro debería haber hablado, o incluso, solamente mirarlas a los ojos y saber que podía haber pasado toda una vida a su lado. Haberlas convencido de que no saltasen, o de que deberían dejar a quienes las molían a palos, o que esa sería la última copa de la noche, y de su vida.

O la simple cuestión de que en el mundo donde vivimos, deberíamos tener miedo a estar realmente solos, segundo a segundo, andando hacia ningún lugar y sin un destino claro.

Pero entré siempre esos minutos tarde, y el camarero tardó en servirme un café caliente y oscuro, y nunca me senté a su lado y me enamoraré.


Y ese día no me dejé el paraguas en casa, ni me adelante tres segundos para cruzarme con la que sería la madre de mis hijos, ni giré a la derecha en vez de la izquierda para invitarla a tomar algo y vivir los años más duros de mi vida a su lado junto con su futura enfermedad.


Así que la próxima vez que vayas andando por la calle, y pienses si girar hacia un lado u otro, acuérdate de mí, y de todas esas pequeñas cosas que pueden cambiarte tanto la vida.