Amanece, es un día tranquilo.
El chico se levanta del catre y corre
la cortina que tapa el balcón medio en penumbra. Sobre la repisa
descansa su pitillera y un mechero.
La abre, coge uno y saluda al nuevo día
desnudo, bañado por los primeros rayos de sol, en vuelto en humo
amargo.
Su mente se pierde mirando la nada, y
el tiempo consume vorazmente esos 5 minutos de reposo.
Entra en la habitación. Una cama
deshecha, con las sábanas esparcidas por el suelo, y un cojín
solitario, medio doblado. Sobre la mesita de noche un cenicero, donde
va a parar la triste colilla que moría entre sus dedos.
Sobre una mesa-escritorio un par de
libros y el ordenador apagado, con la pantalla oscura. La silla llena
de ropa usada; las zapatillas tiradas por aquí y por allá.
Se acerca a un equipo de música,
empuja el interruptor y comienza a sonar blues a ritmo de melancolía.
Se sienta sobre la cama y se sacude el pelo, largo, hasta los
hombros. Se mesa la barba y se tumba hacia atrás en el colchón.
Cierra los ojos y se deja llevar por recuerdos mejores. Nota como le
acarician y los abre. No hay nadie. No había nadie, y ese era su
problema...
