domingo, 16 de diciembre de 2012

Habitaciones vacías.

Amanece, es un día tranquilo.

El chico se levanta del catre y corre la cortina que tapa el balcón medio en penumbra. Sobre la repisa descansa su pitillera y un mechero.

La abre, coge uno y saluda al nuevo día desnudo, bañado por los primeros rayos de sol, en vuelto en humo amargo.

Su mente se pierde mirando la nada, y el tiempo consume vorazmente esos 5 minutos de reposo.

Entra en la habitación. Una cama deshecha, con las sábanas esparcidas por el suelo, y un cojín solitario, medio doblado. Sobre la mesita de noche un cenicero, donde va a parar la triste colilla que moría entre sus dedos.

Sobre una mesa-escritorio un par de libros y el ordenador apagado, con la pantalla oscura. La silla llena de ropa usada; las zapatillas tiradas por aquí y por allá.

Se acerca a un equipo de música, empuja el interruptor y comienza a sonar blues a ritmo de melancolía. Se sienta sobre la cama y se sacude el pelo, largo, hasta los hombros. Se mesa la barba y se tumba hacia atrás en el colchón. Cierra los ojos y se deja llevar por recuerdos mejores. Nota como le acarician y los abre. No hay nadie. No había nadie, y ese era su problema...

Que puta es la noche.


Es la noche la que llama a la promiscuidad. 

Y quien entienda el significado como juntar carne con carne, que se aparte de mi vista.

Sexo, drogas varias, vicio, verborrea barata y palabrería de niños ebriamente mamados y princesitas venidas a putas con resto de moral, contando cuentos y besando pollas.

Y por supuesto, mis favoritos. Alcohol y tabaco.

Sales de un bar y entras en otro. Te tomas una copa, o una cerveza, o un pelotazo o lo que tengas dinero para pagar.

 Vas metiendo la cabeza en un barril de cloroformo, que te ralentiza como persona y te inhabilita como “humanoide”, que es lo que muchos no-bebedores tienden a hacer. 

Arrastras las piernas de aquí para allá, con un cigarro en la boca que a veces llega a consumir parte del filtro. 

Das con tu destartalado cuerpo en cualquier barra; le pierdes el miedo a saludar, a hablar, a meter mano, a insultar, y a partir del cubata de ya no mamaré más, el miedo a que te destrocen la cara contra el frío asfalto de la calle.

Y mientras tanto, decenas, cientos, miles de cuerpos con inanición mental pululan y se pasean, en una danza macabra y grotesca que ha nacido de la puta necesidad de hacer algo diferente.

-¿Por qué te drogas? ¿Por qué bebes tanto?

-¿Por qué no dejáis de joder tanto?

Siempre hay alguien, que se ríe, empatiza, intenta comprenderte, o simplemente te quiere ayudar.
Si necesitase auxilio, yo os lo pediré, montón de despojos vivientes.

Dejadme con mis mierdas, estoy a gusto y calentito con ellas, y son mucho más interesantes.

A oscuras.


Ecos de una realidad pasajera, decadente, deprimente y efímera. 

Y la sombra de la mortalidad libidinosa se cierne sobre aquellos que buscan apretarse en desgastados colchones las frías noches de invierno y buscan separarse en las agobiantes tardes de verano.

Me da miedo apagar la luz, darle al off. La sombra de los recuerdos, las experiencias y las vivencias siempre vienen a por ti.

Pasos, taconeando el helado pavimento nocturno, mientras vuelves caminando, ebrio de sensaciones, a estampar tus derrotados huesos contra la mullidéz de tu cama.

Y me persigue con los ojos abiertos o cerrados, dormido y consciente, vivo o muerto.

Solo pido ser algo más feliz, o algo menos desdichado.

Pero como en una lotería, puedes ganar o seguir ahogándote en la dualidad del día a día.

Como los cubos de hielo de mi última copa, se me derriten lentamente las entrañas pensando en todo lo que pudimos ser y no fuimos, o en todo lo que fuimos y no pudimos disfrutar.

Pragmático dogma el de mantenerse lo necesariamente consciente para andar y lo insuficiente para pensar.

La vida es un constante duelo de vaivenes amatorios.

 Y maldigo mi cabeza al recordármelos todos.

Últimos instantes, el ruido de fondo se apaga, el catre sigue estando vacío y yo tengo que apagar las bombillas, y rezar para quedarme dormido antes de que la memoria venga a por mi.

A oscuras.

Amantes tardíos, amores vacíos

(Dedicado a mi amada Valencia, de noche, donde nadie te juzga)

Y aquí el cuento de las tabernas, antros y tugurios. Hombres y mujeres, ebrios de drogas y alcohol yacen buscando no dormir a solas.

Amantes de madrugada, en la soledad del fondo de un vaso, una jarra o la ceniza del cigarro aliñado.

Olores a cerveza, a pasión almizclada y a sexo de poesía de contenedor.

A tabaco, porros y diversión.

Las risas; ruido que callejea entre las estrecheces y los recovecos de las adoquinadas y desgastadas calles. Esquinas pervertidas, ensuciadas, perforantemente avinagradas.

Pasos, taconeo desigual. Pies inseguros y espaldas corvadas.

Últimos metros, llave poco acertada, puerta abierta. Un abrazo, un empujón y unas sábanas que lavar otro día.