jueves, 20 de noviembre de 2014

Orgasmo en seco

Llevo aproximadamente unas tres horas escuchando música. El bulto de mi pantalón ya no pasa desapercibido. Joder, me empalmo al escuchar estas guitarras. Fuertes, densas, putamente salvajes.

Mi cuerpo ya no responde a estímulos externos. Se mueve únicamente al compás de los riffs. La cabeza asiente una y otra vez, y lo único que está mojado es mi barbilla, regada de cerveza barata. Siento que me estoy evadiendo lentamente hasta el bar de mi cabeza, lleno de billares, y poca luz tintineante, y borrachos y borrachas agitando sus cuerpos  con cada oleada de sonido. La priba corre en ríos, las botellas se vacían, los cigarros se prenden y consumen. Es noche de dejarse llevar.

El micro retumba con la invasiva voz que entra por el, la batería hace temblar paredes y jarras. Guitarra y bajo se follan y se mezclan frente a mi.

Una roca rueda, otro vaso se rompe ¿que más da? Somos legión de marginados unidos en esta velada, donde no recordamos de donde venimos, pero tenemos muy claro que queremos.

Rock.

Ácido, tosco, estimulante, degenerado.

La miro, me mira, nos besamos. La pierdo de vista y ya no la encuentro. Estuvo bien.
Sigo vaciando mi bebida.

Somos bultos chocando, y ellos los titiriteros que nos hacen bailar a su son.

Me está subiendo un calor concreto, personal e imparable. El cinturón aprieta, y los calzoncillos aprietan. La ropa molesta. Cierro los ojos, me dejo llevar. Me fallan las piernas, y me apoyo en la barra. Exploto, me corro, me voy. Otra vez más.

He tenido un orgasmo. En seco. Estuvo bien.

martes, 18 de noviembre de 2014

Disertación sobre una lata de cerveza fría.

Partimos de la idea de que una cerveza fría nos gusta a todos,o anterior a esta, de que el poder de las publicitarias hará que así sea.

No importa realmente si es una tostada, una rubia chispeante o la más artesanalmente turbia que puedas comprar. Es NUESTRA lata.

Su característico chasquido al abrirse es como el timbre que ponen en la recepción de algunos hoteles, tiene un enorme poder de reunión. La blanca espuma borbotea por su boca como si del gozo de una casada se tratase.

El primer paladeo nos advierte sobre todo su cuerpo, suave, denso, cuasi amargo. El segundo es la explosión de su sabor en nuestras papilas gustativas, atenuado por la enorme embriaguez que nos supone estar bebiéndola a ella, y no a otra. Repito, es nuestra lata.

Desde hace miles de años se consume, refinandola como si de una señorita arreglándose para salir de fiesta se tratare. Y aquí sigue, cautivando corazones, cerebros y paladares con su elocuente toxicidad alcohólica. Me disgusta que se haya perdido la ceremoniosa teatralidad que merece, rodeada de trozos de carne calientes que se la aferran tan ansiadamente, casi como la de un mendigo a un pedazo de pizza. Se merece todos nuestros respetos; ha sido problema y solución a los problemas diarios a los que se nos somete continuamente.

En definitiva, una lata de cerveza fría siempre que suspire, nos hará suspirar por ella, pero a cada uno queda relegada su opinión sobre su lata. La mía es que no dejaré que se caliente mucho más rato mientras termino estas líneas.