Yacía, apoltronado holgadamente sobre una silla de madera,
color caoba vejado, bebiendo de su vaso de cristal translúcido, en el antro
marítimo que era aquel sitio.
Tirado en una esquina, con la mirada perdida,
ebrio de amores y desamores, ronco de pasiones, iluminado por los tenues rayos
de sol que se colaban por los dos ventanucos enrejados.
Dejaba de mascar y fumar cuando empinaba el codo, mientras
su rala barba grisácea, en constante combate por igualársele al pelo,
encontraba ocasionalmente unas gotas que resbalaban de los labios, y daban a parar
con la incipiente perilla.
El viejo capitán salía a faenar antes de la salida del sol,
y volvía antes de su auge, para vender lo que había pescado, y así poder
pagarse más bebida que embotaba sus turbios pensamientos.
No tenía una fragata, ni un velero, ni siquiera barco podía
considerarse. Era un bote, con un mástil y una vela amarillenta, herencia de su
padre.
Se crió en un pueblo costero, en
el regazo de una madre atareada con otros 7 niños. Cuando fue capaz de sí
mismo, su padre, lo cogió y le enseñó el oficio.
Hoy, le había vuelto a ganar al sol.
Resacoso y cabizbajo,
salió del puerto. Rato después, tiró la red y se sentó a fumarse un puro barato
con una enorme caña en la mano.
Estando ya el astro alto, decidió almorzar.
En un zurrón de cuero llevaba queso curado, algo de tocino,
embutido reseco y pan rancio ablandado por la humedad y el salitre. Y su
botella de aguardiente cristalino; que nunca faltase.
Dentellada a dentellada, y trago tras trago, terminó con
buena parte de la comida, y demasiada de la bebida.
Ese día en especial hacía frío, pero su gorro de lana azul,
y la cantidad que había bebido, le protegían bien.
Recogió los artículos, viró el rumbo y con una suave brisa
otoñal, acunada por el zozobrante movimiento de las olas, el grazno de las
gaviotas y el penetrante olor mar, navegó rumbo a puerto de nuevo.
Llegó, vendió la pesca y se encaminó a la tasca que había a
escasos metros, donde siempre bebía.
Y se hartó de beber, y fumar, y dar con sus huesos en un
camastro, y levantarse y faenar y volver a beber. Estaba cansado de aplacar su
destartalada vida sin pensar, y emborracharse para olvidar que era un
desdichado.
Se deshizo de su cáscara de nuez por un buen precio, se
retiró, dejó de ser capitán y ahora lee el dominical acompañado, por supuesto,
de su botella.
