domingo, 30 de diciembre de 2012

Perversiones a pie de calle


¿Qué hace falta para que un hombre “normal” abandone su fría mente y se entregue a las más bajas pasiones humanas?

Lujuria.

De sus labios, rosados y tibios, mezclados con el potente sabor del carmín, la saliva y puede que el último cigarro que se ha fumado.

Esa zorra ligera de moral por la que muchos hombres pierden la cabeza, junto a mí, un maldito escritor de 3ª, borracho en ratos libres, esclavo de sus propias perversiones, amante de los malos vicios, jodiendo a la sociedad, en una puta esquina, rebelando lo más oscuro y profundo del ego humano.

¡Oh! Sus caderas, bien dibujadas, acompañando las curvas que suben, hasta sus tetas, redondas, prietas, jugosas y escondidas debajo de toda esa incómoda ropa. Cuanto daría por poder saborearlas…

Mierda. Ella me tiene, y lo sabe. Me usa, me provoca, hace que al desee, que me hierva la sangre, que hincha lo que me hace hombre. Incita, a que le abra la boca, a que se la coma.
.
Me desenfreno; ella me lleva la mano hasta su coño. Su ardiente, húmedo y precioso coño.

¿Evitarlo? Imposible. Ya me da igual todo. Juego con el; lo excito, lo abro, lo masajeo poco gentilmente y lo hago mío.

Le consigo arrancar un par de gemidos que me saben a victoria, pero esto solo acaba de empezar.
Ella me la agarra, me la aprieta y elimina la ficticia ventaja que había conseguido.

Me posee, me domina, me masturba discretamente ante el constante paso de los poco interesados caminantes.

Contraataco, hundiéndome dentro de su suave calidez, moviendo y regalándome suspiros fogosos a los oídos. Se apoya en mí, y se vuelve violenta. Mi espalda es recorrida por un rayo
.
Lo va a conseguir, y yo, moribundo de amor, no puedo más que vender cara mi derrota. Me esfuerzo, doy lo mejor y ella termina.

Y yo, termino.

Dedicado a P. una historia más dentro de mi vida.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Habitaciones vacías.

Amanece, es un día tranquilo.

El chico se levanta del catre y corre la cortina que tapa el balcón medio en penumbra. Sobre la repisa descansa su pitillera y un mechero.

La abre, coge uno y saluda al nuevo día desnudo, bañado por los primeros rayos de sol, en vuelto en humo amargo.

Su mente se pierde mirando la nada, y el tiempo consume vorazmente esos 5 minutos de reposo.

Entra en la habitación. Una cama deshecha, con las sábanas esparcidas por el suelo, y un cojín solitario, medio doblado. Sobre la mesita de noche un cenicero, donde va a parar la triste colilla que moría entre sus dedos.

Sobre una mesa-escritorio un par de libros y el ordenador apagado, con la pantalla oscura. La silla llena de ropa usada; las zapatillas tiradas por aquí y por allá.

Se acerca a un equipo de música, empuja el interruptor y comienza a sonar blues a ritmo de melancolía. Se sienta sobre la cama y se sacude el pelo, largo, hasta los hombros. Se mesa la barba y se tumba hacia atrás en el colchón. Cierra los ojos y se deja llevar por recuerdos mejores. Nota como le acarician y los abre. No hay nadie. No había nadie, y ese era su problema...

Que puta es la noche.


Es la noche la que llama a la promiscuidad. 

Y quien entienda el significado como juntar carne con carne, que se aparte de mi vista.

Sexo, drogas varias, vicio, verborrea barata y palabrería de niños ebriamente mamados y princesitas venidas a putas con resto de moral, contando cuentos y besando pollas.

Y por supuesto, mis favoritos. Alcohol y tabaco.

Sales de un bar y entras en otro. Te tomas una copa, o una cerveza, o un pelotazo o lo que tengas dinero para pagar.

 Vas metiendo la cabeza en un barril de cloroformo, que te ralentiza como persona y te inhabilita como “humanoide”, que es lo que muchos no-bebedores tienden a hacer. 

Arrastras las piernas de aquí para allá, con un cigarro en la boca que a veces llega a consumir parte del filtro. 

Das con tu destartalado cuerpo en cualquier barra; le pierdes el miedo a saludar, a hablar, a meter mano, a insultar, y a partir del cubata de ya no mamaré más, el miedo a que te destrocen la cara contra el frío asfalto de la calle.

Y mientras tanto, decenas, cientos, miles de cuerpos con inanición mental pululan y se pasean, en una danza macabra y grotesca que ha nacido de la puta necesidad de hacer algo diferente.

-¿Por qué te drogas? ¿Por qué bebes tanto?

-¿Por qué no dejáis de joder tanto?

Siempre hay alguien, que se ríe, empatiza, intenta comprenderte, o simplemente te quiere ayudar.
Si necesitase auxilio, yo os lo pediré, montón de despojos vivientes.

Dejadme con mis mierdas, estoy a gusto y calentito con ellas, y son mucho más interesantes.

A oscuras.


Ecos de una realidad pasajera, decadente, deprimente y efímera. 

Y la sombra de la mortalidad libidinosa se cierne sobre aquellos que buscan apretarse en desgastados colchones las frías noches de invierno y buscan separarse en las agobiantes tardes de verano.

Me da miedo apagar la luz, darle al off. La sombra de los recuerdos, las experiencias y las vivencias siempre vienen a por ti.

Pasos, taconeando el helado pavimento nocturno, mientras vuelves caminando, ebrio de sensaciones, a estampar tus derrotados huesos contra la mullidéz de tu cama.

Y me persigue con los ojos abiertos o cerrados, dormido y consciente, vivo o muerto.

Solo pido ser algo más feliz, o algo menos desdichado.

Pero como en una lotería, puedes ganar o seguir ahogándote en la dualidad del día a día.

Como los cubos de hielo de mi última copa, se me derriten lentamente las entrañas pensando en todo lo que pudimos ser y no fuimos, o en todo lo que fuimos y no pudimos disfrutar.

Pragmático dogma el de mantenerse lo necesariamente consciente para andar y lo insuficiente para pensar.

La vida es un constante duelo de vaivenes amatorios.

 Y maldigo mi cabeza al recordármelos todos.

Últimos instantes, el ruido de fondo se apaga, el catre sigue estando vacío y yo tengo que apagar las bombillas, y rezar para quedarme dormido antes de que la memoria venga a por mi.

A oscuras.

Amantes tardíos, amores vacíos

(Dedicado a mi amada Valencia, de noche, donde nadie te juzga)

Y aquí el cuento de las tabernas, antros y tugurios. Hombres y mujeres, ebrios de drogas y alcohol yacen buscando no dormir a solas.

Amantes de madrugada, en la soledad del fondo de un vaso, una jarra o la ceniza del cigarro aliñado.

Olores a cerveza, a pasión almizclada y a sexo de poesía de contenedor.

A tabaco, porros y diversión.

Las risas; ruido que callejea entre las estrecheces y los recovecos de las adoquinadas y desgastadas calles. Esquinas pervertidas, ensuciadas, perforantemente avinagradas.

Pasos, taconeo desigual. Pies inseguros y espaldas corvadas.

Últimos metros, llave poco acertada, puerta abierta. Un abrazo, un empujón y unas sábanas que lavar otro día.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Y se acabó el puto cuento.

Un ligero arpegio de guitarra enciende mi cigarrillo..
.
Es de noche, casi de día; a escasos minutos del amanecer occidental, el amor y el dolor vuelven a machacar mis magulladas (y acostumbradas) costillas.

No es fácil de explicar. No es fácil de sentir. Nunca.

Los versos acelerados de un rock melancólico incitan a beber, fumar, evadirse y olvidar. Pero claro, ¿de que sirve machacarse una y otra vez? Quizá sea mejor simplemente borrarla de esos agridulces recuerdos.

Ella era, es y será especial. ¿Única? Puede. Todos lo somos.

Todo empieza con una charla, agradable, interesante, renovadora. Trazas lazos, haces amistad. Sigues hablando. Te interesas, te importa. Es genial.

Y zas! Se termina; algo pasa, siempre. Te jode el cuento tan bonito que tenias para vivir antes de irte a dormir.

La princesa desaparece y tu te conviertes en sapo.



Te esfuerzas por rescatarla del dragón. Ella prefiere seguir en la torre.



Mi cama vuelve a parecerme demasiado grande...

miércoles, 21 de noviembre de 2012

A mi pequeña.


"Estas líneas se las dedico a la niñita de perpetua sonrisa, imperturbable alegría y vestido blanco, holgado, que nunca volví a encontrar.

 Era pequeña.

 Esa piel, esos labios que me prometieron besos y caricias, esas manos que recorrieron mi espalda, dejando que la hedionda podredumbre de los fragmentos de mi alma fuese resbalando y desprendiéndose de mi, como si de arena seca se tratara.


Mi cuerpo vibraba con cada roce de su tacto, y sus ojos me miraban y me serenaban. Eran como dos mares en calma, donde uno podía bañarse y limpiarse de la mierda que había acumulado durante el camino que la llevase hasta sus brazos.

No podía pensar en perversiones con su cuerpo, no concebía tan abominable crimen.

Era como estar al lado de una hoguera en una noche de un crudo invierno, calentándose las manos y confiándole tu vida a sus brasas.

Sin duda era mi amada, mi Eva. El comienzo de la redención. El perdón del reo.

Y seguro que la perdí. No sé cuando, no sé dónde. Pero sé que la perdí.

Alguna vez voy andando por la calle y aún puedo verla en la cara de los demás.

Solo sé que esa niñita a la que perdí se llamaba Felicidad."

Hueco.


"No sé si es la necesidad de desahogarme de mis problemas o simplemente la música que últimamente escucho, pero me duele.

Me duele, el no poder tener a nadie a mi lado a quien poder considerar importante. Sí, bueno; la familia, los amigos, alguna chica que se cruza en mi vida y luego desaparece...

Pero no es suficiente. No para mí.

Me gusta presumir de mis diversos vicios, de considerarme un golfo oportunista y cabrón, de poder decir que no creo en el amor, de que no quiero tener pareja y de darme a la bebida más que un irlandés con problemas de alcoholismo hereditario. Aunque no es así. No soy así.

Los problemas me afectan como a la mayoría, solo que se ponerle una sonrisa a las épocas putas, donde uno se consume en la autocrítica y el tabaco barato. Se me da bien esconder las verdades a medias; puedo estar muriéndome por dentro que de cara al público en el show macabro de títeres y marionetas, siempre seré el bufón a prueba de proyectiles atómicos.

Aunque no sé hasta qué punto eso es bueno para mí mermada cordura. Hay veces que me da por pensar y recapacitar, y me doy cuenta de que lo que hago es estafar al cinéfilo que se come unas palomitas, mientras en cualquier bar hago la pantomima. Y me estafo a mí mismo, porque me cuesta reconocer que, pese a mi chaqueta de cuero, mi cara de malo, mis gafas de sol y mi perpetuo cigarro en la boca, soy débil y vulnerable.

Soy como una montaña de cubos a la que un día puede venir alguien y hacer que se caiga sobre sí misma.

¡El pobre diablo tiene una vida muy dura!

Solo porque yo mismo decido que sea así.

Y lo peor de todo, es que aunque un día el estómago me reviente por culpa de la cerveza, o una ulcera me agujeree el alma, seguirán erizándome las caricias gratuitas, los besos sinceros, las muestras de afecto de ellas...

Egoísmo. Mi puto ego.

Arrastras conmigo vidas y sentimientos, que no se pueden pagar con las vacías palabras que tan bien se hacerse aparecer, como el truco magistral de un ilusionista, o el juego de manos de un trilero al que le faltan varios dientes.

La espiral de destrucción de una persona empieza cuando deja de quererse a si misma, pero ¿que pasa cuando nunca te ha hecho falta quererte para sobrevivir?

Es sencillo. Vives vacío. Eres como un pozo oscuro y sin fondo.

Esperas sin prisa a que alguien se deje caer dentro, para absorber parte de el mismo y sentirte menos hueco. La mayoría sale, magullada, arañada en lo más profundo, pero salen.

¿Y los que no? ¿Qué pasa con ellos?

Sigue siendo sencillo.

Los conviertes en parte de tu pasado, y ellos a si mismo en una nueva carcasa andante, sin voluntad ni ambición.

Hay veces que pienso que me encanta ser diferente. Poco después recuerdo cuál es el precio de alquiler que estoy pagando, y me voy al siguiente bar."