Quiero ver el mundo arder.
Quiero coger el bidón de gasolina, la
lata de acelerante, el petroleo crudo, negro, espeso.
Quiero encender el mechero, prender la
mecha, lanzar la cerilla.
Quiero ver el mundo arder bajo las
hogueras en la noche.
Quiero que colapse, que se desplome,
que caiga piedra a piedra y viga a viga, que se resquebraje y se
desmorone como un castillo de naipes azotado por los soplidos del
gigante de la revolución.
Quiero terremotos bajo mis pies, de
miles que marchan calle a calle, gritando, murmurando, enloqueciendo,
explotando y violando cada rincón de silencio que invade la monótoma
vida del sedentarismo televisivo que esclaviza segundo a segundo a
las huestes que lo ven, dejándose llevar por una utópica
programación preparada, ensayada, programada, decadente,
inutilizante, imbecilizante, tóxica y mortalmente lenta.
Quiero sentir cada respiración, cada
aliento, cada gota de sudor, cada pincelada de sangre que repavimenta
el asfalto bajo la terrible carga de los perros de la represión.
Quiero ver como caen, que se derrumben
los gobiernos, muera la gente al grito de libertad, los cristales
caer en cientos de pequeños trozos, los puños endurecidos y rojizos
de golpear contra los muros.
Quiero escuchar los tiros, los llantos,
la desesperación colectiva, la desesperanza, el himno a coros sin
práctica anterior, los padres consolando a los niños, los niños
replicando a los padres...
Quiero ser partícipe del genocidio de
las ideas, de la pérdida del orgullo, del lastre burocrático que
oprime bajo toneladas de papel al pueblo, en arial 12, llenos de
palabrería barata.
Quiero verlo todo en ruinas, todo
reducido a cenizas, todo en el caos más absoluto, como plasman las
obras de artistas locos, colocados de lsd, empotrándose contra
lienzos de 1'8 de alto por 4'5 de largo.
Quiero... el final. El principio. La
agonía hecha portada de "The Times". Me encantaría.
Y luego, como el ave fénix que no se
resigna a su mortal crepitar y fugáz desaparecer, ver alzarse a los
supervivientes, a los heridos, a los perros apaleados, a los
políticos como reos, desfallecer de dolor y vergüenza.
Ver que todo ha empezado, que hay un
camino, que nos queda mucho por hacer, mucho por perdonar y ser
perdonados, mucho más por, incluso, cambiar.
Y jamás me sentiré culpable de todo,
puesto que solo de nuestra destrucción germinará la nueva,
perdurable y conquistada libertad.
Yo quise ver el mundo arder... y me
quedé ciego contemplando las altas llamas.