lunes, 20 de agosto de 2012

Besos con sabor a nada.

Besar cada parte de su cuerpo, acariciar cada centímetro de su piel, susurrar entrecortadamente bajas pasiones...

Y regodearte en la autoayuda cuando todo eso termina sabiéndote a arena en la boca, ahogando cualquier placer que tuviste antes con ella.

Me merece, la merezco. Preguntas y preguntas que te quiebran las pocas ganas de vivir que te quedan. Desamores frustrativos, que te encierran de nuevo en esa pequeña jaula de la que nunca quisiste escapar.

Las arrugas sobre las sábanas, las carícias y los zarpazos amatorios sobre la cama, esos buenos ratos, se borran como aquarela después de un chaparrón.


¿Y lo peor de todo? Aún la quieres.

Bébete hasta el limpiamanchas de tu madre, fúmate las briznas de césped del parque, drógate de cualquier cosa que se te ocurra, pero su recuerdo seguirá ahí, como unos zapatos de cemento que te estiran al fondo del mar, donde tu y tus quebraderos mentales desaparecereis.

¿Inestabilidad emocional?¿Egoísmo barato?¿Nueva percepción?
Ninguna de las anteriores. Simplemente, a veces se está bien y a veces no.

A veces simplemente uno necesita esa pequeña dosis de cariño que tanto le hace falta...

No hay comentarios:

Publicar un comentario