domingo, 30 de diciembre de 2012

Perversiones a pie de calle


¿Qué hace falta para que un hombre “normal” abandone su fría mente y se entregue a las más bajas pasiones humanas?

Lujuria.

De sus labios, rosados y tibios, mezclados con el potente sabor del carmín, la saliva y puede que el último cigarro que se ha fumado.

Esa zorra ligera de moral por la que muchos hombres pierden la cabeza, junto a mí, un maldito escritor de 3ª, borracho en ratos libres, esclavo de sus propias perversiones, amante de los malos vicios, jodiendo a la sociedad, en una puta esquina, rebelando lo más oscuro y profundo del ego humano.

¡Oh! Sus caderas, bien dibujadas, acompañando las curvas que suben, hasta sus tetas, redondas, prietas, jugosas y escondidas debajo de toda esa incómoda ropa. Cuanto daría por poder saborearlas…

Mierda. Ella me tiene, y lo sabe. Me usa, me provoca, hace que al desee, que me hierva la sangre, que hincha lo que me hace hombre. Incita, a que le abra la boca, a que se la coma.
.
Me desenfreno; ella me lleva la mano hasta su coño. Su ardiente, húmedo y precioso coño.

¿Evitarlo? Imposible. Ya me da igual todo. Juego con el; lo excito, lo abro, lo masajeo poco gentilmente y lo hago mío.

Le consigo arrancar un par de gemidos que me saben a victoria, pero esto solo acaba de empezar.
Ella me la agarra, me la aprieta y elimina la ficticia ventaja que había conseguido.

Me posee, me domina, me masturba discretamente ante el constante paso de los poco interesados caminantes.

Contraataco, hundiéndome dentro de su suave calidez, moviendo y regalándome suspiros fogosos a los oídos. Se apoya en mí, y se vuelve violenta. Mi espalda es recorrida por un rayo
.
Lo va a conseguir, y yo, moribundo de amor, no puedo más que vender cara mi derrota. Me esfuerzo, doy lo mejor y ella termina.

Y yo, termino.

Dedicado a P. una historia más dentro de mi vida.

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