miércoles, 17 de octubre de 2012

Palabras incendiarias

Quiero ver el mundo arder.

Quiero coger el bidón de gasolina, la lata de acelerante, el petroleo crudo, negro, espeso.

Quiero encender el mechero, prender la mecha, lanzar la cerilla.

Quiero ver el mundo arder bajo las hogueras en la noche.

Quiero que colapse, que se desplome, que caiga piedra a piedra y viga a viga, que se resquebraje y se desmorone como un castillo de naipes azotado por los soplidos del gigante de la revolución.

Quiero terremotos bajo mis pies, de miles que marchan calle a calle, gritando, murmurando, enloqueciendo, explotando y violando cada rincón de silencio que invade la monótoma vida del sedentarismo televisivo que esclaviza segundo a segundo a las huestes que lo ven, dejándose llevar por una utópica programación preparada, ensayada, programada, decadente, inutilizante, imbecilizante, tóxica y mortalmente lenta.

Quiero sentir cada respiración, cada aliento, cada gota de sudor, cada pincelada de sangre que repavimenta el asfalto bajo la terrible carga de los perros de la represión.

Quiero ver como caen, que se derrumben los gobiernos, muera la gente al grito de libertad, los cristales caer en cientos de pequeños trozos, los puños endurecidos y rojizos de golpear contra los muros.

Quiero escuchar los tiros, los llantos, la desesperación colectiva, la desesperanza, el himno a coros sin práctica anterior, los padres consolando a los niños, los niños replicando a los padres...

Quiero ser partícipe del genocidio de las ideas, de la pérdida del orgullo, del lastre burocrático que oprime bajo toneladas de papel al pueblo, en arial 12, llenos de palabrería barata.

Quiero verlo todo en ruinas, todo reducido a cenizas, todo en el caos más absoluto, como plasman las obras de artistas locos, colocados de lsd, empotrándose contra lienzos de 1'8 de alto por 4'5 de largo.

Quiero... el final. El principio. La agonía hecha portada de "The Times". Me encantaría.


Y luego, como el ave fénix que no se resigna a su mortal crepitar y fugáz desaparecer, ver alzarse a los supervivientes, a los heridos, a los perros apaleados, a los políticos como reos, desfallecer de dolor y vergüenza.

Ver que todo ha empezado, que hay un camino, que nos queda mucho por hacer, mucho por perdonar y ser perdonados, mucho más por, incluso, cambiar.

Y jamás me sentiré culpable de todo, puesto que solo de nuestra destrucción germinará la nueva, perdurable y conquistada libertad.




Yo quise ver el mundo arder... y me quedé ciego contemplando las altas llamas.

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