Se me había juntado la noche con el día, y tenía que trabajar.
Y se me había olvidado que ese día iba a ser largo. Después de molerme, me tenía que duchar y coger un tren, en el cual no podía fumar, y se me mezclaba la impaciencia con los nervios.
Mataba el tiempo contándole el cuento a una niña, de las diferentes formas en las que la haría gemir. Puro desdén.
Va disminuyendo la velocidad y llego a la última parada. Me pongo las gafas de sol y subo tranquilamente las escaleras hasta el andén. Pico mi billete y salgo casi corriendo a fumarme un cigarro.
La veo de refilón, y no estaba nada mal.
En la entrada, me enciendo desesperádamente el tabaco y vuelvo a respirar. Se acerca a mi, está cabreada.
Me tiembla el alma, y solo se me ocurre lo que llevaba planeando en cuanto pisé aquella locomotora.
Le robo un beso, rápido pero apasionado.
Repito. Me dejo llevar. Su perfume acaramelado de vainilla y un toque de canela me entusiasma. Su color carmín me impregna los labios y sus ojos se cierran entre mordisco y mordisco. Me rugían las tripas.
Corto rápido, y con la cartera poco dispuesta a cooperar, me pido extra de cafeína en el bar de la estación. Para no ser más zombie que persona.
La invito a una cerveza que paladea lentamente mientras me mira y sonríe, con los labios medio borrados por culpa mía.
Terminamos cada uno lo nuestro, salimos y la morreo. Joder que si lo hice. Me estaba bebiendo su ser. En un banco dí con mi fofo culo y seguí disfrutando de las vistas. Ese escote era arrebatador.
Todo fue haciéndose más y más acalorado, hasta el punto de que quería follarmela en mitad de aquel pueblo, y me daba igual el resto. Pero no pudo ser.
Tocaba despedirse de la mujer que me estaba haciendo hervir la sangre, montarse en el tren y recordar que después de trabajar, ser un cabrón era muy cansado.
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