domingo, 8 de diciembre de 2013

Caminos

Me sorprende la facilidad y la fragilidad que una vida puede tener.

Entrar cinco minutos antes en una cafetería, andar más rápido o más lento, fijarte con quien te cruzas en mitad de la calle, y un infinito más de posibilidades que hacen de la vida un azar controlado por esos pequeños detalles cotidianos.

Por pensar me ha dado, y es que la diferencia de vidas que podría haber tenido, me asusta. Y no por no saber qué ha pasado en ellas, sino por la imposibilidad de vivirlas todas. Decidir es algo tan fácil y tan automático que no le damos si quiera peso en nuestra vida.


Aún me acuerdo de alguna de ellas, con las que seguro debería haber hablado, o incluso, solamente mirarlas a los ojos y saber que podía haber pasado toda una vida a su lado. Haberlas convencido de que no saltasen, o de que deberían dejar a quienes las molían a palos, o que esa sería la última copa de la noche, y de su vida.

O la simple cuestión de que en el mundo donde vivimos, deberíamos tener miedo a estar realmente solos, segundo a segundo, andando hacia ningún lugar y sin un destino claro.

Pero entré siempre esos minutos tarde, y el camarero tardó en servirme un café caliente y oscuro, y nunca me senté a su lado y me enamoraré.


Y ese día no me dejé el paraguas en casa, ni me adelante tres segundos para cruzarme con la que sería la madre de mis hijos, ni giré a la derecha en vez de la izquierda para invitarla a tomar algo y vivir los años más duros de mi vida a su lado junto con su futura enfermedad.


Así que la próxima vez que vayas andando por la calle, y pienses si girar hacia un lado u otro, acuérdate de mí, y de todas esas pequeñas cosas que pueden cambiarte tanto la vida.

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