Me sorprende la facilidad y la fragilidad que una vida puede
tener.
Entrar cinco minutos antes en una cafetería, andar más rápido o más
lento, fijarte con quien te cruzas en mitad de la calle, y un
infinito más de posibilidades que hacen de la vida un azar
controlado por esos pequeños detalles cotidianos.
Por pensar me ha dado, y es que la diferencia de vidas que podría
haber tenido, me asusta. Y no por no saber qué ha pasado en ellas,
sino por la imposibilidad de vivirlas todas. Decidir es algo tan
fácil y tan automático que no le damos si quiera peso en nuestra
vida.
Aún me acuerdo de alguna de ellas, con las que seguro debería
haber hablado, o incluso, solamente mirarlas a los ojos y saber que
podía haber pasado toda una vida a su lado. Haberlas convencido de
que no saltasen, o de que deberían dejar a quienes las molían a
palos, o que esa sería la última copa de la noche, y de su vida.
O la simple cuestión de que en el mundo donde vivimos, deberíamos
tener miedo a estar realmente solos, segundo a segundo, andando hacia
ningún lugar y sin un destino claro.
Pero entré siempre esos minutos tarde, y el camarero tardó en
servirme un café caliente y oscuro, y nunca me senté a su lado y me enamoraré.
Y ese día no me dejé el paraguas en casa, ni me adelante tres segundos para cruzarme con la que sería la madre de mis hijos, ni
giré a la derecha en vez de la izquierda para invitarla a tomar algo
y vivir los años más duros de mi vida a su lado junto con su futura
enfermedad.
Así que la próxima vez que vayas andando por la calle, y pienses
si girar hacia un lado u otro, acuérdate de mí, y de todas esas
pequeñas cosas que pueden cambiarte tanto la vida.
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