Llevo aproximadamente unas tres horas escuchando música. El bulto de mi pantalón ya no pasa desapercibido. Joder, me empalmo al escuchar estas guitarras. Fuertes, densas, putamente salvajes.
Mi cuerpo ya no responde a estímulos externos. Se mueve únicamente al compás de los riffs. La cabeza asiente una y otra vez, y lo único que está mojado es mi barbilla, regada de cerveza barata. Siento que me estoy evadiendo lentamente hasta el bar de mi cabeza, lleno de billares, y poca luz tintineante, y borrachos y borrachas agitando sus cuerpos con cada oleada de sonido. La priba corre en ríos, las botellas se vacían, los cigarros se prenden y consumen. Es noche de dejarse llevar.
El micro retumba con la invasiva voz que entra por el, la batería hace temblar paredes y jarras. Guitarra y bajo se follan y se mezclan frente a mi.
Una roca rueda, otro vaso se rompe ¿que más da? Somos legión de marginados unidos en esta velada, donde no recordamos de donde venimos, pero tenemos muy claro que queremos.
Rock.
Ácido, tosco, estimulante, degenerado.
La miro, me mira, nos besamos. La pierdo de vista y ya no la encuentro. Estuvo bien.
Sigo vaciando mi bebida.
Somos bultos chocando, y ellos los titiriteros que nos hacen bailar a su son.
Me está subiendo un calor concreto, personal e imparable. El cinturón aprieta, y los calzoncillos aprietan. La ropa molesta. Cierro los ojos, me dejo llevar. Me fallan las piernas, y me apoyo en la barra. Exploto, me corro, me voy. Otra vez más.
He tenido un orgasmo. En seco. Estuvo bien.
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