martes, 18 de noviembre de 2014

Disertación sobre una lata de cerveza fría.

Partimos de la idea de que una cerveza fría nos gusta a todos,o anterior a esta, de que el poder de las publicitarias hará que así sea.

No importa realmente si es una tostada, una rubia chispeante o la más artesanalmente turbia que puedas comprar. Es NUESTRA lata.

Su característico chasquido al abrirse es como el timbre que ponen en la recepción de algunos hoteles, tiene un enorme poder de reunión. La blanca espuma borbotea por su boca como si del gozo de una casada se tratase.

El primer paladeo nos advierte sobre todo su cuerpo, suave, denso, cuasi amargo. El segundo es la explosión de su sabor en nuestras papilas gustativas, atenuado por la enorme embriaguez que nos supone estar bebiéndola a ella, y no a otra. Repito, es nuestra lata.

Desde hace miles de años se consume, refinandola como si de una señorita arreglándose para salir de fiesta se tratare. Y aquí sigue, cautivando corazones, cerebros y paladares con su elocuente toxicidad alcohólica. Me disgusta que se haya perdido la ceremoniosa teatralidad que merece, rodeada de trozos de carne calientes que se la aferran tan ansiadamente, casi como la de un mendigo a un pedazo de pizza. Se merece todos nuestros respetos; ha sido problema y solución a los problemas diarios a los que se nos somete continuamente.

En definitiva, una lata de cerveza fría siempre que suspire, nos hará suspirar por ella, pero a cada uno queda relegada su opinión sobre su lata. La mía es que no dejaré que se caliente mucho más rato mientras termino estas líneas.

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