domingo, 15 de julio de 2012

Viaje en el vacío

Despego.
Planeo.
Vuelo.

Mis pies se separan del suelo, mi cuerpo se libera de cualquier peso y comienza a vibrar en la más absoluta tranquilidad.
Me elevo decenas, cientos, miles de metros.
Atravieso nubes, tormentas. Violo el cielo y no me ahogo.

Cierro los ojos y aumento de velocidad.

La última barrera...

Me paro, me congelo y mi consciencia se hace absoluta.
Allí, esa forma tan sagrada.
Dios.
¿Dios?

No hay nada.
El negro y eterno vacío.
El silencio absoluto.

La completa soledad.

Pequeños haces de luz, motas brillantes y nebulosas cósmicas, mundos enteros inalcanzablemente lejanos es lo único que me ampara.

Cierro los ojos y viajo, recorriendo cada momento, cada mundo, estrella, roca o agujero que existe.
Y me desvanezco, engullido por un enorme reloj, que me apura a volver a mi cama.

Me asusto, tiemblo de cabeza a pies.
Suspiro, me tranquilizo.
Abro los ojos.

Estoy en mi cama.
¿Como me perdí si nunca viajé?

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