Despego.
Planeo.
Vuelo.
Mis pies se separan del suelo, mi cuerpo se libera de cualquier peso y comienza a vibrar en la más absoluta tranquilidad.
Me elevo decenas, cientos, miles de metros.
Atravieso nubes, tormentas. Violo el cielo y no me ahogo.
Cierro los ojos y aumento de velocidad.
La última barrera...
Me paro, me congelo y mi consciencia se hace absoluta.
Allí, esa forma tan sagrada.
Dios.
¿Dios?
No hay nada.
El negro y eterno vacío.
El silencio absoluto.
La completa soledad.
Pequeños haces de luz, motas brillantes y nebulosas cósmicas, mundos enteros inalcanzablemente lejanos es lo único que me ampara.
Cierro los ojos y viajo, recorriendo cada momento, cada mundo, estrella, roca o agujero que existe.
Y me desvanezco, engullido por un enorme reloj, que me apura a volver a mi cama.
Me asusto, tiemblo de cabeza a pies.
Suspiro, me tranquilizo.
Abro los ojos.
Estoy en mi cama.
¿Como me perdí si nunca viajé?
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