Ecos de una realidad pasajera, decadente, deprimente y
efímera.
Y la sombra de la mortalidad libidinosa se cierne sobre aquellos que
buscan apretarse en desgastados colchones las frías noches de invierno y buscan
separarse en las agobiantes tardes de verano.
Me da miedo apagar la luz, darle al off. La sombra de los
recuerdos, las experiencias y las vivencias siempre vienen a por ti.
Pasos, taconeando el helado pavimento nocturno, mientras
vuelves caminando, ebrio de sensaciones, a estampar tus derrotados huesos
contra la mullidéz de tu cama.
Y me persigue con los ojos abiertos o cerrados, dormido y consciente,
vivo o muerto.
Solo pido ser algo más feliz, o algo menos desdichado.
Pero como en una lotería, puedes ganar o seguir ahogándote
en la dualidad del día a día.
Como los cubos de hielo de mi última copa, se me derriten
lentamente las entrañas pensando en todo lo que pudimos ser y no fuimos, o en
todo lo que fuimos y no pudimos disfrutar.
Pragmático dogma el de mantenerse lo necesariamente
consciente para andar y lo insuficiente para pensar.
La vida es un constante duelo de vaivenes amatorios.
Y
maldigo mi cabeza al recordármelos todos.
Últimos instantes, el ruido de fondo se apaga, el catre
sigue estando vacío y yo tengo que apagar las bombillas, y rezar para quedarme
dormido antes de que la memoria venga a por mi.
A oscuras.
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