domingo, 16 de diciembre de 2012

A oscuras.


Ecos de una realidad pasajera, decadente, deprimente y efímera. 

Y la sombra de la mortalidad libidinosa se cierne sobre aquellos que buscan apretarse en desgastados colchones las frías noches de invierno y buscan separarse en las agobiantes tardes de verano.

Me da miedo apagar la luz, darle al off. La sombra de los recuerdos, las experiencias y las vivencias siempre vienen a por ti.

Pasos, taconeando el helado pavimento nocturno, mientras vuelves caminando, ebrio de sensaciones, a estampar tus derrotados huesos contra la mullidéz de tu cama.

Y me persigue con los ojos abiertos o cerrados, dormido y consciente, vivo o muerto.

Solo pido ser algo más feliz, o algo menos desdichado.

Pero como en una lotería, puedes ganar o seguir ahogándote en la dualidad del día a día.

Como los cubos de hielo de mi última copa, se me derriten lentamente las entrañas pensando en todo lo que pudimos ser y no fuimos, o en todo lo que fuimos y no pudimos disfrutar.

Pragmático dogma el de mantenerse lo necesariamente consciente para andar y lo insuficiente para pensar.

La vida es un constante duelo de vaivenes amatorios.

 Y maldigo mi cabeza al recordármelos todos.

Últimos instantes, el ruido de fondo se apaga, el catre sigue estando vacío y yo tengo que apagar las bombillas, y rezar para quedarme dormido antes de que la memoria venga a por mi.

A oscuras.

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