(Dedicado a mi amada Valencia, de noche, donde nadie te juzga)
Y aquí el cuento de las tabernas, antros y tugurios. Hombres y mujeres, ebrios de drogas y alcohol yacen buscando no dormir a solas.
Amantes de madrugada, en la soledad del fondo de un vaso, una jarra o la ceniza del cigarro aliñado.
Olores a cerveza, a pasión almizclada y a sexo de poesía de contenedor.
A tabaco, porros y diversión.
Las risas; ruido que callejea entre las estrecheces y los recovecos de las adoquinadas y desgastadas calles. Esquinas pervertidas, ensuciadas, perforantemente avinagradas.
Pasos, taconeo desigual. Pies inseguros y espaldas corvadas.
Últimos metros, llave poco acertada, puerta abierta. Un abrazo, un empujón y unas sábanas que lavar otro día.

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