Y una vez más me toca sentarme a mirar la luna solo.
Putamente solo.
Me vienen a la cabeza imágenes, recuerdos, palabras, que me erizan el vello más allá de
lo común.
Y la gran bola plateada sigue ahí, inamovible, recordándome
el lento paso del tiempo, haciendo tic tac en un contrarreloj infinito,
mientras las flores nacen y se marchitan continuamente.
La boca me sabe a cenicero, y por las mejillas me corren
líneas aguadas saladamente amargas.
Me persigue mi maldición.
Esa que impide que olvide esas
caras, que me atormentan de día y de noche, como una tortura inmerecida,
mientras las madrugadas se me hacen eternas y los amaneceres conocidos.
Pisando con los pies el suelo manteniendo la cabeza en
ingravidez fluctuante, evadiendo cosmos amatorios para no tener una nueva cara
que se me aparezca en sueños.
Ese vacío que te queda después de despertar y recordar quien
eres, me flagela sin piedad, una y otra vez, hasta que un día me derrumben y
deje todo manchado.
Y no sé si será de recuerdos o de sangre.
Sin palabras, como siempre...
ResponderEliminarEspero que sea de recuerdos.